ODA A LA DIOSA


Oh excelsa soberana de la isla,
Madre de los vientos inmóviles y de la bruma que pesa sobre el pecho de estos seres vivientes;
tú, cuyo nombre se desliza entre labios cansados y respiraciones quebradas,
escucha el murmullo humilde de aquellos que nacieron bajo tu manto gris.

Diosa, el aire espeso y de las nubes eternas,
pues donde otros contemplarían castigo,
tú sembraste necesidad, y con ella devoción;
porque los corazones cómodos olvidan con facilidad.

Pues donde otros pueblos heredaron mares generosos y tierras bondadosas,
nosotros heredamos tu aliento,
denso, solemne y eterno.

Nos alimentamos de tu misericordia suspendida,
de pequeños fragmentos de aire domesticado,
de aquellos humildes instrumentos que permiten a nuestros pechos continuar la vieja costumbre de existir.

Pobres criaturas.

Ignoran que las corrientes conocen cada nombre,
que las nubes recuerdan cada ofensa,
y que ningún paso se pierde ante los ojos de la Diosa.

Mas tú, eterna y misericordiosa,
jamás cierras tus puertas a quien ruega de rodillas.

Tus favores descienden como lluvia pesada,
tus bendiciones llegan a quienes se presentan con las manos llenas y el alma inclinada.

Pues toda gracia posee su peso,
y todo deseo exige una balanza justa.
Algunas veces basta un mineral olvidado,
un juramento sellado entre pavor,
una promesa escrita con manos temblorosas.

Y otras veces...

La isla exige algo más valioso;
una presencia menos entre los caminos de barros,
una voz que deja de un pronlema,
un lugar vacío que nadie se fijará.

Desconocen la elegancia de la obediencia,
ignoran que incluso las aves inclinan sus alas que les ofrecen un camino a la paz.

Diosa.

Permite que nuestras respiraciones continúen una noche más,
que nuestros pulmones sigan cantando bajo tu dominio sagrado en esta isla.

Y si algún día decides llamarnos por nuestro nombre,
que sea con la dulzura con la que cae la ceniza sobre las flores,
con la misma ternura con la que la oscuridad besa las últimas luces del día.